EL PARPADEO (relato de mi etapa pueril y costumbrista)

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El mundo gira y gira sin detenerse…y mi dedo se posa en un punto cualquiera.

Un edificio residencial de clase media y color vainilla, cuyas antenas compiten con el número de prendas tendidas en un encuentro de resultado incierto. En su interior, mi dedo se hace más pequeño, posándose esta vez en una de las plantas. Señala a una madre que fríe croquetas congeladas mientras mira, a ráfagas, un programa de televisión. La hija mayor estudia biología; la de en medio está peinando a la más pequeña. Y en el piso de arriba suena la “Marcha fúnebre” de Chopin.

– No sé si los demás estáis inmunizados, pero…¿por qué tengo que aguantar esa horrible música? – Pregunta la mayor, que ve una buena salida para descansar de su estudio unos minutos, bebiendo agua y mirando, por mirar, el interior del frigorífico.
– Ya te lo dije, es el vecino cuando alguien viene a mirar el sexto piso. No soportaría escuchar las pisadas de gente en su techo. La pone así, a todo volumen, para dar la sensación a los futuros inquilinos de qué clase de vecino van a tener. Además, la “Marcha fúnebre” no es tan horrible.
– Por favor, mamá. – Suspira la joven.

El padre aún sigue en el autobús urbano, deseando quitarse las manchas de grasa de motor; deseando ver a su familia. Y Chopin prosigue con su pieza, con su virtuosismo pianístico. La futura bióloga contraataca con “Back to black”, de Amy Winehouse

– ¡Niña, apaga eso! – Ordena la madre a gritos, sacando las croquetas de la freidora.

La chica apaga a Amy. La tarde se va apagando también. El telediario de las nueve da comienzo. Y de pronto, en el intermedio, en el instante en que la madre llama a las niñas para cenar, las luces se apagan.

– Vaya por dios. Y ahora, ¿cómo frío las patatas? – Murmura la madre, colocando los platos en la redonda mesa de la cocina.
– ¡Mamá! – Chilla la mayor, que padece un pronunciado caso de claustrofobia y es incapaz de abrir la puerta del baño por si misma. Le abre la de en medio. – Como te rías te mato, le dice la encerrada en el baño a la otra, que la mira aguantándose.
– Niñas, venga, a cenar sin patatas, que sin luz no puedo freírlas.
– Mierda, tampoco podemos ver el programa de Carla. – Se queja la mayor, sujetándose el pelo en una coleta.

La de en medio se retrasa en llegar a la mesa. Se llama Kenia, pues en aquel país fue concebida, cuando la madre también iba para bióloga e invitó al padre al viaje conseguido con la beca. Kenia sabe que es la más despierta de la familia, pero no le gusta que se use como arma arrojadiza cuando, como humana y joven que es, comete una irresponsabilidad: <<Con lo lista que eres, Keni>>.

Kenia está mirando por la ventana de su cuarto. En el exterior, hay un ensordecedor concierto de bocinas y voces. Los semáforos se han apagado igualmente. Su madre no puede freír patatas, el huraño del vecino no puede espantar a los nuevos vecinos con Chopin y los coches no pueden circular con fluidez. Hay frenazos, insultos, choques en un atascado embotellamiento. Algunos han usado el apagón, que parece ser en toda la ciudad, como pretexto para montar en bicicleta o sacar al perro al que seguro iban a dejar hacerse sus necesites hasta el día siguiente. Un helicóptero sale de la azotea asustando a Kenia, que no se lo espera, y es cuando deja de posar sus manos en el alféizar para ir a la cocina, percatándose de la alarma que se está empezando a formar en la metrópoli.

– ¿Es que no oís la que hay liada? – Inquiere al llegar.
– No, oímos tu voz de canario. – Responde la mayor pinchando una croqueta. La madre coloca el babero a la pequeña, dejando caer una mirada de desaprobación a su impertinencia.
– No hemos oído nada, ¿qué ocurre?
– Creo que es un apagón general. Los semáforos no funcionan. Hay golpes y lío por toda la calle, ¡y acaba de aparecer un helicóptero! – Lo dice de corrido y se sienta, bebiendo leche.

La madre se extraña y se preocupa al mismo tiempo. Hay un mecánico por ahí que regresa a su casa; su marido. Se asoma a la terraza y su mirada se cruza con la de los vecinos que, quizá del mismo modo, han llegado a dicho momento. Nazareth, la de la puerta B, la saluda.

– No funciona nada, ni siquiera el teléfono. – Le dice. Ella no tiene teléfono fijo, pero sí móvil. Y es cierto, no puede llamar. La extrañeza se torna intriga.
– Germán todavía no ha vuelto, estoy nerviosa por él. – Le explica a la vecina, la cual le señala con el dedo, sin hablar, hacia arriba. Las dos lo miran; es Rodolfo, el cascarrabias del piso superior. Está de pie, en bata y zapatillas, fumando y mirando, como todos. La sorpresa es que, como aquel Willy Lott del cuadro de Constable, Rodolfo, el anciano solitario y gruñón, es la primera vez que se deja ver ante sus vecinos.
– ¿Qué pasa, mamá? – Pregunta la mayor al salir y ver su aprensivo rostro. La madre entra. Kenia y la pequeña cenan y juegan a la vez con las croquetas.
– Niñas, voy a salir a buscar a papá. – Anuncia, tras coger las llaves, ponerse los zapatos y atusarse un poco el pelo.
– ¿Al taller? Pero si está a casi tres kilómetros. – Se sorprende la mayor. La madre no responde a ello.
– Haced el favor de no moveros, ¿vale? No abráis a nadie para nada y, por favor, por esta noche pasad de pelearos, ¿ok?
– Eso va a ser difícil. – Insinúa la misma.
– Bueno, pues apuntáis en un cuaderno lo que queráis deciros y os lo decís cuando lleguemos papá y yo.
– No somos tan niñas, no te preocupes, mamá. Ten cuidado – Dice Kenia con sensatez.

La madre las besa a las dos y acaricia a la pequeña, que aplasta con sus manitas toda croqueta a su alcance. Por fin sale del piso. Golpea la puerta de Nazareth.

– Voy a buscar a Germán, las dejo solas, ¿vale?
– No te preocupes, dentro de un rato, cuando lo duerma, les preguntaré qué tal están. – La tranquiliza la vecina con un bebé en brazos.
– No te molestes si no te abren. – Avisa la madre, bajando ya la escalera.

La calle está paralizada. Las voces humanas, el nerviosismo general, los sustituyen todo. Dos helicópteros sobrevuelan la zona. Los policías de tráfico tratan de descongestionar el mismo. Se oye una voz por megafonía, quizá de uno de los helicópteros.

– Tranquilícense. Permanezcan en sus casas. La situación está controlada. – A la madre, que emprende camino a paso ligero calle abajo, rodeada de caras de desconcierto, le parece una escena salida de una novela de Stephen King que leyó cuando disponía de tiempo para leer, cuyo título, debido al nerviosismo, le es imposible recordar.

De pronto, una turista nube de verano irrumpe con torrencial lagrimeo.

– Lo que faltaba. – Farfulla.

Al caerle las primeras gotas, piensa en que sus niñas se estarán quedando sin agua, pues el motor que la suministra no lo hace sin fluido eléctrico. Aún así, sigue adelante; las niñas pueden pasar sin beber un rato. El desorden se acumula por momentos en toda la ciudad. La penumbra comienza a dominarlo todo, como antes lo hacían las farolas y los anuncios de neón. Es una sensación extraña la que ve, sin una sola luz que la distinga. La gente corre, preocupada por los que, como ella, están fuera.

– Estamos desnudos sin luz. – Le dice una viandante que pasea tranquila su galgo.

El parque empieza a llenarse de curiosas parejas y alguna que otra familia que prefiere pasar el trance sobre la hierba, comiendo pipas y conversando en los bancos. Uno toca una guitarra. Otro lee un libro con una linterna preparada ante la inminente noche. El pintor bohemio y errabundo come pan seco bajo la llovizna:

– Sin luz, no puedo hacer nada. – Le dice al pasar ella y con cara de resignación.

En la casa, las niñas miran boquiabiertas las últimas gotas que caen del grifo.

– Teníamos que haber llenado la bañera. – Afirma Kenia. Alguien llama.
– Como abras te la cargas. – Avisa la mayor cuando Kenia corre hacia la puerta.
– No se ve a nadie. – Dice, echando un vistazo por la mirilla. – Naza, ¿eres tú? – Pregunta en voz alta, creyendo que es la vecina.

Deja de mirar, hallando un papel junto a sus pies.

– Mira.
– Trae eso. – Le dice la mayor arrebatándoselo con rapidez.

La hoja es de cuaderno cuadriculado y tiene una enorme R con bolígrafo en uno de los lados. Por dentro leen:

<<Tengo muchas botellas de agua. No me importaría daros una>>

– El viejo ése haciendo de buen samaritano. Me pregunto cómo sabe que mamá no compra agua embotellada – Dice la estudiante de biología.
– Lo sabe porque vive aquí. El pobre hombre igual se siente solo allí, a oscuras. – Dice Kenia.
– Pues lo siento por él.
– ¿Y si subimos una de las dos?, le pedimos una botella de agua y ya está. Quizá consigamos que se sienta mejor. Y Grace tiene sed.
– Tú estás pirada. Más vale que se te quite esa idea de la cabeza. A mamá no le gustará saberla.
– Tienes miedo. – Asegura Kenia muy sonriente. Las dos están en el salón, tumbadas en el sofá sin hacer nada, sin una sola luz.
– Sí, tengo miedo, lo que tú digas.
– Pues anda, ve si te atreves. – La mayor se calla unos segundos. – Déjame ir a mí. ¿Es que no ves cómo llora? – Y es cierto, la pequeña no deja de berrear. Seguramente, con sed tras las croquetas.

La mayor se levanta, coge las llaves y abre la puerta del domicilio.

– Hala, ya puedes salir, me tienes harta. – Le dice crispada.
– Dame la linterna.
– Como tardes más de cinco minutos te enteras.

Y Kenia sale al pasillo, cuya oscuridad parece no acabarse. Enciende la linterna, y con ligereza, sin hacer ruido, sube hasta el piso de arriba. Golpea cuatro veces. Le tiemblan las piernas; sabe que nadie del bloque ha llamado a esa puerta. Y la misma se abre. Kenia apunta con la linterna, cuando el hombre del interior, al que no logra ver, ya ha cerrado. Ve una botella de agua de plástico y sin etiqueta sobre la mugrienta esterilla de la entrada.

– Gracias. – Le dice para que la oiga.
– Nada de gracias, me debes una botella de agua. – Se oye rugir desde dentro.

La niña regresa a su casa. Le dan de beber a la chiquitilla, que deja de llorar. La madre atraviesa empapada la avenida más grande de la ciudad, trastornada por la colosal cantidad de vehículos parados. Algunos, incluso, han sido dejados a propósito por sus dueños, pues se llega antes caminando que en coche, lo que provoca un desastre mayor.
Hay un autobús rodeado por infinidad de automóviles. Es la línea 9, la de su marido, al cual ve sentado en la parte de atrás. Corre. Al llegar, golpea el cristal de su lado. Él la ve y sonríe. Se levanta y se dirige hacia la puerta delantera.

– No puede salir, señor. – Le dice el conductor. – Tenemos órdenes de que no salga nadie, hay saqueos y problemas por todos lados, es por su seguridad.
– Mi mujer ha venido a buscarme. – Replica él.

Ella ya ha llegado a la puerta de entrada del autobús. Un policía la ve.

– ¿Puedo ayudarla en algo? – Le pregunta bajo la lluvia y sin dejar de mirar alrededor.
– He venido a buscar a mi marido, no se preocupe.

La puerta automática se abre, habla el conductor.

– Quiere salir e irse con su mujer.
– Lo siento, caballero, pero no puede hacerlo.

Él ya ha bajado y empieza a mojarse.

– Es mi mujer, ha venido a buscarme porque tenemos a tres niñas en casa, una de ellas tiene quince meses.
– No puede ser. Si quiere, su mujer puede quedarse aquí con usted. Es una noche muy difícil; hay robos, peleas y disturbios. Lo siento.
– Me parece que no me ha entendido. Son tres niñas, una de ellas es un bebé, por favor…
– Por favor. – Repite ella, agarrando del brazo al agente.
– Está bien. – Dice por fin, mirándolos con detenimiento.

Corriendo, con las ropas totalmente mojadas, agarrados de la mano, pasando, casi sin mirar sobre lo que el policía les había avisado: destrozos de coches, roturas de escaparates, agresiones…llegan a casa.

– Mamá, papá. – Exclaman las chicas en la oscuridad.
– ¿Por qué no habéis encendido las velas? – Inquiere la madre, secándose el pelo con una toalla. El padre las trae al salón.
– Son velas de cumpleaños, – Dice Kenia.
– Pues celebremos que estamos todos juntos. – Propone el padre, que sabe cómo alegrar a sus hijas.

Y toda la familia, acurrucada en los sofás, duerme junta por primera vez, esperando a que la luz regrese y puedan seguir existiendo.

Amanece y Kenia ya está despierta. Está en la ventana de su habitación, contando los minutos para que el sol y sus brillantes brazos lo abracen todo. Aún suenan sonidos de golpes de tráfico en la lejanía, y alguna que otra ambulancia también. Ya sólo hay un helicóptero. El señor Rodolfo deja caer las cenizas de un eterno cigarro desde su terraza. Y como se fue, en un flash, la luz regresa, iluminando el cuarto.

– ¡Ya hay luz! – Exclama entrando en el salón.
– Aleluya. – Dice la madre amodorrada.

El padre se estira y la hija mayor habla como de costumbre por las mañanas, con voz de niña pequeña.

– Mamá, ¿podemos desayunar?
– Hija, por dios, claro que sí.

El padre enciende la televisión, que sólo muestra la célebre nieve. Desayunan, cuando pasados unos minutos, el logotipo del canal elegido emite un rótulo:

<<Estamos a la espera de poder volver a emitir imágenes. Disculpen las molestias>>

– La cosa ha debido de ser gorda. – Comenta el padre.
– Teléfono tenemos. – Indica Kenia.

Al momento, el televisor muestra la imagen de un presentador de noticias.

<<Buenos días…tras lo que puede ser el acontecimiento más asombroso en la historia de la humanidad. Sobre las nueve de la noche, hora local, el mundo entero ha sufrido lo que se podría ya llamar el primer apagón mundial. Lo que muchos pensaban que solo estaba pasando en su ciudad, ha ocurrido en todo el mundo. Desde la mayor de las urbes, hasta la más recóndita aldea ha sufrido los efectos de este inexplicable suceso. Los expertos empiezan ya a afirmar que las consecuencias tardarán años en conocerse. Podrían ser miles los fallecidos en esta larga noche debido, principalmente, al inerte funcionamiento de algunos vehículos y medios de transporte. Se desconocen las causas de tan increíble hecho. (…) Las autoridades no dan crédito a lo acontecido y los principales mandatarios del mundo realizan llamamientos a la calma en pos de la seguridad ciudadana.

La familia escucha absorta tan extraordinaria noticia. El mundo continúa girando y mi dedo, mi voz, los deja cavilar.

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Fuengirola, 26 de abril de 2003.

 

(la imagen pertenece al artista digital Robin Isely)

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